Articulo sobre Debate Energetico Mexico I

México ante la transición energética pos-petrolera y el cambio de paradigmas de política: cambio climático y negociaciones internacionales.

Por Sergio A. Segura Calderón.

Resulta reiterativo y casi una obviedad afirmar que el petróleo ha significado en un elemento económico y político fundamental en la correlación de fuerzas y la forma en que se definen las relaciones entre los estados desde los principios del siglo XX.

Una buena parte de los temas que se han discutido en la agenda internacional desde que se crearon los grandes foros de negociación internacional (ONU, OCDE, APEC, Foro Económico Mundial, etc.) han girado en torno a la irreparable necesidad de contar con petróleo a precios baratos, con buena calidad y en cantidad más que suficiente.

Debemos entonces reconocer que la toma de decisiones en los altos círculos del poder de cada país ha sido afectada de la noche a la mañana por la forma en que se comporta el mercado del petróleo y que, entre muchos ejemplos, casi todas las guerras emprendidas desde finales del siglo XX y durante todo lo que llevamos del siglo XXI han tenido como sazonador fundamental el petróleo.

Las economías más desarrolladas de Europa, Asia y Norteamérica anticipando los serios problemas de suministro de energéticos que enfrentarían en el naciente siglo y ante los ritmos de crecimiento económico y demanda de energéticos en el mercado, han puesto al petróleo y su política energética en el frente de negociación de su política exterior, junto a otros temas que tradicionalmente han ocupado este puesto, como el narcotráfico, la migración, la pobreza, el suministro de alimentos.

Durante décadas los gobiernos de economías como Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia Gran Bretaña y China, entre otros, han encargado a sus representantes en estos foros el “vender” la idea al resto de los países de un mundo donde el aseguramiento de flujo energético es la base del desarrollo sustentable. Hemos asistido a esta discusión internacional como “fauna de acompañamiento”.

Alianzas estratégicas con otros países para la compra de petróleo o gas, la compra de empresas petroleras y, en su caso, inversiones cuantiosas para saber si “tenemos o no tenemos petróleo y, en todo caso… ¿cuánto tenemos y para cuanto tiempo nos sirve?”, han sido los principales instrumentos y mecanismos de los que echa mano el gobierno de un país.

La política energética, al igual que la política exterior, económica y social, ha dependido de un complejo entramado de intereses internos que rara vez son poco flexibles al cambio y cuya visión de largo plazo no rebasa –como en el caso de nuestro país- las narices de un periodo gubernamental determinado o, en el mejor de los casos, una “perspectiva de largo plazo de 10 años”.

Resultará entonces igualmente reiterativo y casi necio afirmar que la base de la política energética de México es –adivinaron- el petróleo. Quién lo dude por un momento, que revise lo que ha estado sucediendo en la “grilla” nacional y que nos ha hecho recordar que existe un inmutable y casi santificado artículo 27 en nuestra Constitución.

Los poderes ejecutivo y legislativo no han dado la razón en cuanto a lo que realmente les importa, puesto que diseñan estrategias e instrumentos de política pública sobre patrones y templetes rigurosamente definidos que, dadas las necesidades económicas y ambientales de la actualidad, resultan poco vigentes.

Hemos mantenido una política interior francamente reactiva y que responde “a lo que dice la mayoría” en cuanto la importancia que ha tenido el petróleo en la definición de cualquier tendencia de las relaciones internacionales durante los últimos cincuenta años. No es de extrañar entonces que la política exterior sea un mero reflejo de esta falta de costumbre para generar propuestas proactivas o novedosas que sean consistentes con una nueva tendencia que cambiaría la realidad mundial.

No obstante, el sentido de la marea está cambiando…

Desde hace unos años y como una tendencia marcada de la nueva escena mundial, se está presentando una transformación sin precedentes en las políticas energéticas de países desarrollados que pretenden consolidar el aprovechamiento de energías renovables y de eficiencia energética –sobre todo en Europa-, para ser menos dependientes del petróleo y que buscan ser consistente con una preocupación mayor por el gran reto planetario que supone el cambio climático y la necesidad económica y política de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.

Es prudente reconocer que quienes toman las decisiones en estos países no han abandonado la búsqueda de soluciones que en el corto plazo aseguren la alimentación de energía para un conjunto de sectores económicos que son todavía altamente dependientes del petróleo y del gas, pero las políticas de mitigación, adaptación al cambio climático y protección al ambiente ocupan ahora un puesto más importante en las estrategias de mediano y largo plazo.

De tal modo, sería un error sostener que nuestros dirigentes deben dejar a un lado toda discusión sobre el petróleo y su importancia en el desarrollo del país. Lo que no se puede permitir que este tema ocupe todos los terrenos de la agenda política.

La realidad exige poner en el orden del día del país un tema que implica grandes transformaciones y retos. El terreno de las negociaciones internacionales está mayormente definido por un nuevo discurso: “mantengamos nuestro desarrollo, seamos menos dependientes del petróleo y combatamos al cambio climático”.

Vemos ahora como los países de la Unión Europea se posicionan al frente del activismo en las relaciones internacionales para sentar el ejemplo y establecer mecanismos de presión para que la mitigación de gases de efecto invernadero y la adaptación a los efectos del cambio climático ocupen la atención de los principales foros de negociación internacional. Vemos como se está dando –en mayor medida por las presiones internacionales y de manera incipiente pero evidente- un cambio en el discurso de los dirigentes de Estados Unidos y su posición en torno a este tema.

Desde luego, esta tendencia no es obra de la buena voluntad exclusivamente, sino un reflejo de que el escenario de inacción representa un costo mayor frente a lo que costará la implementación de políticas de atención a este problema.

Por ello, debemos mirar hacia la forma en que diseñamos nuestra política interna y nuestros esquemas de negociación internacional. No tarda mucho en que nos encontremos en una posición de desventaja económica o confrontación política por las presiones internacionales de los demás países exigiendo que hagamos algo al respecto y que establezcamos compromisos nacionales. México no puede ni debe dejar a un lado su papel como actor clave en el futuro de las negociaciones internacionales.

Debemos proponernos sentar el ejemplo, con una fórmula precisa que determine un esfuerzo plausible en políticas energéticas y ambientales por enfrentar el reto que supone el calentamiento global, particularmente por el peso y liderazgo que tiene comparativamente con países del mismo nivel de desarrollo; por el peso de su contribución a las emisiones globales; y por su activa y tradicional participación en la arena internacional y particularmente en el marco de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y sus órganos subsidiarios.

Debemos hacer entender a esos intereses políticos y económicos que marcan el rumbo de nuestro país que el cambio de paradigmas en nuestra política energética, económica y ambiental es prioritario. La forma de hacer política debe eliminar estos patrones y mecanismos arcaicos que solamente significarán un retroceso y atentado contra el verdadero desarrollo del país.

No nos quedemos “a la cola” de la realidad mundial y las acciones para detener el cambio climático. Estas acciones obligan a la movilización internacional, a los esfuerzos conjuntos y equitativos, así como contar con una visión de preservar este planeta en el largo, muy largo plazo.

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